Google no es un buscador: es el confesionario nacional. Tú no le preguntas a Google “qué cocinar” porque te apetezca cocinar. Tú le preguntas “cómo no cagarla”. Y en 2025 parece que Google Trends indica que lo que aparece no es una España sibarita ni curiosa: aparece una España práctica, ansiosa y con el algoritmo respirándole en la nuca.
Y ojo, que aquí no vengo a jugar al “yo creo”. Google lo define clarito: las Top Tendencias son consultas que pegan el mayor repunte frente al año anterior, no las que “suenan mucho” en la sobremesa.
El patrón dominante: “cómo hacer…” (o “cómo aparentar que sé”)
La categoría “¿Cómo…?” fue un escaparate brutal: España se lanzó a aprender “en modo tutorial”, y en esa lista aparecen cosas tan domésticas como “cómo hacer crepes caseros” y tan específicas como “cómo hacer potaje de garbanzos con bacalao y espinacas”.
¿Por qué “cómo hacer” triunfa? Porque la búsqueda ya no es “inspiración”: es salvavidas emocional. El subtexto es: “dime el paso a paso, que quiero control… y si sale mal, por lo menos podré echarle la culpa a internet”.
Que las crepes estén arriba no es “sofisticación”; es fotogenia con baja inversión.
La crepe es la promesa de “mira qué apañado soy” con dos huevos y una sartén. Hasta que se pega, se rompe, se quema… y entonces vuelve el peregrinaje.
Con el potaje de garbanzos el algoritmo no manda tanto, manda la economía. En 2012, Gregorio Varela (FEN) ya decía que la crisis hacía que las legumbres volvieran a ser “plato estrella” por su precio, y que incluso el pan regresaba por puro pragmatismo.
Así que no, el potaje no “vuelve” por nostalgia gourmet: vuelve porque, cuando aprieta, la gente se acuerda de que la cuchara alimenta. Y a mí esto me parece lo más decente de toda la película: si vas a viralizar algo, viraliza el potaje, no el enésimo invento azucarado con nombre de ciudad-escaparate.
El pan sin amasado también ha pegado fuerte. Que pan rústico sin amasado se cuele (o al menos que el “pan fácil” lo haga) es la radiografía perfecta: queremos pan casero, sí, pero sin esfuerzo.
El problema es que el pan tiene una mala costumbre: exige tiempo. Y el tiempo, en 2025, es un lujo que la gente gestiona como si fuera contrabando.
En el mismo paquete de “cocina tutorial” aparece “yogur casero” como receta estrella en España, empujada por lo viral.
El yogur casero es útil, sí: barato, control de ingredientes, satisfacción de “lo he hecho yo”. Pero que sea “tendencia” dice más de nuestra memoria colectiva que del yogur: necesitamos que un algoritmo nos redescubra lo que ya existía antes de que tú tuvieras Wi‑Fi.
Robot de cocina “calidad‑precio”: cocinar como trámite y externalizar la vida
Lo que ha mostrado Google Trends es que la búsqueda no es “mejor robot de cocina”: es “mejor robot de cocina calidad‑precio”. Eso es un diagnóstico social: no estás buscando placer culinario; estás buscando optimizar supervivencia.
Y hay un dato nada romántico: el Thermomix TM6 cuesta 1.499€ según Vorwerk.
Con ese precio, la alternativa “razonable” podría ser el Monsieur Cuisine Smart que se ha movido en precios tipo 399,99€ en campañas y promos, y lo han publicitado como su robot estrella.
¿Y el culebrón legal? También ocurrió: OCU recogió que la Audiencia de Barcelona aceptó el recurso de Lidl, permitiendo volver a vender Monsieur Cuisine en España tras el litigio con Vorwerk.
Conclusión: cuando cocinar se convierte en logística familiar, compras un robot no por amor a la cocina, sino por amor a llegar a todo.
“Mantequilla o margarina”: no buscas ciencia, buscas absolución
Aquí la consulta es casi religiosa: “¿qué es mejor, mantequilla o margarina?”. No quieres evidencia; quieres un permiso moral para untar lo que te apetece sin sentirte culpable. (Y luego ya, si eso, te tomas un matcha para equilibrar el karma). No os dará por usar AOVE en la cocina, no. De verdad, dejad de ser tan mentecatos.
Google Trends, por definición, es un mapa de picos y temporadas; lo que sube, sube por contexto.
Y el contexto dice: invierno = cuchara; verano = “cosas que quedan bien en cámara”. Aquí entran el matcha, las galletas gigantes y, por supuesto, el monstruo final: El chocolate estilo Dubái
Chocolate Dubái: el punto exacto donde la comida muere y nace el contenido
Vamos con el Chocolate Dubái (sí, “chocolate dubai”, escríbelo como quieras: el algoritmo te entiende). Google lo mete en el saco de recetas virales que impulsaron búsquedas en España en 2025.
Y esto es importante: no es que el país dijera “necesito un gran chocolate”. Es que el país dijo: “quiero el chocolate del pintamonas que he visto en TikTok”
El “Dubai chocolate” es, en esencia, una tableta con chocolate, relleno de crema de pistacho (a veces con tahini) y ese crujiente de kataifi/kadayif (hilos de masa tipo filo). Nace en Dubái con Fix Dessert (Sarah Hamouda) en 2021, inspirado por un antojo durante su embarazo y el recuerdo del knafeh. Hasta aquí bien.
La viralidad despega después con una influencer ucraniana (Maria Veheras) que lo puso de moda con un vídeo verdaderamente repugnante donde se come la tableta a mordiscos y poniéndose perdida. Educación cero. En España un ex concursante de un reality, hizo acopio del fenómeno y fue el más rápido vendiendo el chocolate, atribuyéndose un mérito absurdo cuando medio mundo ya lo había copiado.
O sea: no es una receta milenaria “redescubierta”. Es un producto con estética, narrativa y una textura diseñada para cámara. “Dubái” no describe sabor: describe aspiración. Es una palabra que suena a lujo, a distancia, a “yo también puedo”. Y ahí está la trampa: mucha gente no lo quiere por lo que es, sino por lo que significa en redes.
Y ojo al efecto colateral, que es de traca: La tendencia disparó la demanda de pistacho y llegó a provocar escasez mundial, con precios mayoristas que casi se duplicaron en Turquía en 2024.
Sí: un dulce viral puede empujar materias primas. Bienvenido a la economía del reel.
Luego ocurre lo inevitable: del “capricho” a la estantería. Infobae documentó la llegada a supermercados españoles con referencias de precio (desde tabletas de 4,49€ en campañas puntuales) y estimaciones de coste por kilo por encima de rangos altos según marcas y formatos.
En versiones baratas, la receta cambia y conviene mirar etiquetas porque la proporción real de pistacho y chocolate puede ser mínima.
¿Ves el ciclo?
- alguien muerde algo exótico a cámara,
- tú lo buscas (“qué es”, “dónde comprar”, “precio”),
- el mercado lo clona,
- el algoritmo se cansa,
- pasas al siguiente “esto lo cambia todo”.
Y mientras tanto, el potaje sigue esperando en una esquina, sin filtros, sin ASMR y sin nombre de emirato.