
Que no te den la turra con el turrón. La Navidad tiene muchas tradiciones respetables. Reunirse con la familia. Comer en exceso. Prometer que en enero se compensa todo.
Y luego está esa otra costumbre más reciente y bastante menos noble: darte la turra con el turrón.
No con el turrón, así en general.
Con ese turrón raro, moderno, carísimo y supuestamente revolucionario que alguien ha comprado para justificar su existencia en la cena de Nochebuena.
Este episodio de El Anticrítico Gastronómico, podcast de gastronomía, parte de una idea muy sencilla: en Navidad se nos va la mano. Con el gasto, con la creatividad mal entendida y con la necesidad de convertir cualquier dulce en un acontecimiento digno de redes sociales.
Y el turrón es el mejor ejemplo.
Cuando el turrón era solo turrón
Hubo un tiempo —no tan lejano— en el que el turrón no necesitaba storytelling.
Duro. Blando. Chocolate. Yema.
Fin.
No hacía falta explicar ingredientes, procesos ni colaboraciones con chefs estrella. Nadie preguntaba por el origen emocional de la almendra ni por el concepto creativo detrás del envoltorio. Se abría la caja, se cortaba mal, se comía demasiado y punto.
Pero algo cambió.
Turrones modernos, precios surrealistas
De un tiempo a esta parte, el turrón ha entrado en una espiral creativa difícil de justificar. Sabores imposibles, mezclas caprichosas y precios que convierten un dulce navideño en un pequeño crédito al consumo.
Algunos son brillantes, no nos engañemos.
Otros parecen diseñados más para provocar conversación que para ser comidos.
El problema no es la innovación. El problema es confundir innovación con ruido y vender como experiencia premium algo que, en el fondo, es puro artificio.
Pagar 15, 18 o 20 euros por un turrón mediocre solo porque tiene una firma conocida detrás no es ser sibarita. Es jugar a la ruleta del marketing.
El turrón como performance
Aquí entramos en terreno delicado: el turrón entendido como espectáculo.
Productos pensados para ser fotografiados, grabados, subidos a redes y comentados, aunque luego nadie se termine la tableta.
Da igual que sepa regular. Da igual que no vuelva a comprarse.
Lo importante es decir “yo lo he probado”.
Y eso, gastronómicamente, es bastante triste.
La Navidad se ha llenado de productos que no buscan durar, sino hacer ruido durante quince días. Después desaparecen, dejando solo un recuerdo caro y una digestión complicada.
Lo que dice la ley (y lo que hacemos con ella)
Por si había dudas, la legislación española lo deja claro desde hace décadas: en materia de turrón, casi todo vale.
Azúcar, frutos secos, chocolate, grasas, aromas, licores, cereales hinchados… la lista es tan amplia que permite convertir prácticamente cualquier idea en “turrón”.
Legal es.
Que tenga sentido es otra cosa.
Y aquí es donde entra el criterio, esa palabra cada vez menos popular cuando se acercan las fiestas.
Clásico, moderno… o simplemente bueno
No todo turrón moderno es malo.
No todo turrón clásico es aburrido.
El problema no está en arriesgar, sino en olvidar para qué sirve un producto. El turrón no tiene que sorprender, tiene que estar bueno. No tiene que justificar su precio con una historia, sino con sabor y equilibrio.
Y si además es asequible, mejor.
Navidad sin ruido (ni turra)
Este episodio no va solo de turrones. Va de aprender a distinguir entre lo que aporta y lo que solo estorba. Entre el producto pensado para disfrutarse y el pensado para exhibirse.
Porque en Navidad ya hay bastante exceso como para añadirle confusión gastronómica innecesaria.
Así que este año, un consejo sencillo:
Si un turrón necesita demasiada explicación, desconfía.
Si el precio te hace dudar, confía en tu instinto.
Y si alguien empieza a darte la turra… sírvete otra copa y cambia de tema.
La Navidad —y la gastronomía— se disfrutan mucho más con criterio y un poco menos de ruido.
Y eso, pase lo que pase, sigue siendo lo más moderno que hay.