El gin-tonic ensalada ha muerto. El ruido gastronómico, no.
Si este fuera un país serio, el entierro del gin-tonic ensalada se celebraría con festivo nacional. Minuto de silencio. Bandera a media asta. Y una placa que dijera que el gin-tonic ensalada ha perecido : “Aquí yace una moda absurda que confundió exceso con sofisticación”.
Este es el punto de partida del primer episodio de El Anticrítico Gastronómico, un podcast de gastronomía que no viene a descubrir la pólvora, sino a recordar algo mucho más incómodo: que no todo lo nuevo es mejor, y que gran parte del desastre gastronómico reciente se explica por una mezcla letal de ruido, postureo y falta de criterio.
Cuando pedir un gin-tonic era un deporte de riesgo
Hubo un tiempo —2015, año arriba año abajo— en el que pedir un gin-tonic sin especificar ingredientes era jugar a la ruleta rusa. La copa podía llegar convertida en un terrario conceptual: laurel, pétalos de rosa, bayas de goji, cardamomo, pimientas varias y, con un poco de mala suerte, algo que parecía alimento para tortugas.
Todo muy moderno.
Todo absolutamente innecesario.
De ahí nació el famoso mantra: “Quiero un gin-tonic y no una ensalada”. No como boutade, sino como grito de auxilio. Porque cuando una bebida sencilla necesita explicación, PowerPoint y pinzas de chef para servirse, algo se ha torcido.
Y esto, nos guste o no, es un tema central en cualquier podcast de gastronomía que aspire a ir un poco más allá del aplauso fácil.
Del herbario al sugus: evolución cuestionable
Superada —más o menos— la fase vegetal, el mercado decidió redoblar la apuesta: ginebras de sabores. Muchas. Demasiadas. Fresa, mango, melón, limón… Ginebras que ya no huelen a destilería, sino a farmacia o a ambientador de coche de la tía Conchi.
El resultado: gin-tonics empalagosos, infantiles y carísimos, capaces de recordarte a un cigarro electrónico con hielo. Y aquí está el verdadero problema: pagar 12 euros por algo que sabe a golosina mientras alguien te lo vende como experiencia premium.
No es evolución. Es ruido con colorantes.
Coctelería con criterio: cuando alguien sabe parar
Por suerte, no todo es circo. La conversación con Mel Da Conceição en este episodio del podcast gastronómico El Anticrítico Gastronómico sirve como recordatorio de que aún quedan barras donde se piensa antes de servir.
Cócteles diseñados para acompañar la comida. Graduaciones medidas. Formato botella. Inclusión. Intención. Una idea tan simple que hoy parece revolucionaria: un cóctel también puede ser gastronómico.
Siempre que alguien haya entendido qué está haciendo y por qué.
Quizá la madurez esté en la sobriedad, realmente ¿El gin-tonic ensalada ha muerto?
Un gin-tonic bien hecho no necesita colgar cosas como un roscón de Reyes. Necesita buen hielo, una ginebra correcta, una tónica decente y una mano que sepa cuándo parar.
Esa sobriedad no es aburrida. Es consciente. Es adulta. Y, paradójicamente, es lo más moderno que se puede defender hoy tanto en la barra como en la mesa.
Algo que debería ser el mínimo exigible en cualquier podcast de gastronomía que pretenda hablar de cultura gastronómica y no solo de tendencias con fecha de caducidad.
Gastronomía sin ruido, por favor
El gin-tonic ensalada ha muerto.
Pero este episodio no va solo de gin-tonics. Va de criterio. De aprender a distinguir entre lo que grita y lo que permanece. Entre la moda que pasa y la idea que se queda.
Aquí lo tenemos claro:
Si algo es sencillo y funciona, no lo estropees.
Si no sabes por qué haces algo, quizá no deberías hacerlo.
Y si una moda solo se sostiene por el ruido… acabará enterrada.
Como el gin-tonic ensalada.
Y ojalá, muchas otras.
Porque la gastronomía —y cualquier podcast de gastronomía que se precie— debería aspirar a algo más que a hacer espuma.